martes, diciembre 01, 2009

Prueba

lunes, mayo 01, 2006

EPISODIO II (Tercera sesión, jugada el 28 de abril de 2006)

El gigantesco indio navajo y el curtido explorador se aproximaron a las enormes secciones semitriangulares del suelo de la cámara, observando los relieves en la roca. No cabía duda: esas secciones, aunque a ras de los pasillos de piedra en forma de cruz, estaban separadas por una estrecha rendija. Kirk se puso en pie temiendo lo peor. ¿Estarían ante una trampa mortal? ¿Se moverían de un modo u otro esas enormes parcelas de suelo en el momento más inesperado?

John plantó la oreja en el suelo. Su agudo oído le mostró algo inquietante: bajo la enorme cámara donde estaban, algo se arrastraba. Un sonido hormigueante y viscoso indicaba un movimiento continuo que no auguraba nada bueno. El indio escuchó con más atención, y entonces...

...¡La humedad reptante que llegaba a sus oídos pareció formar una palabra!

“¡IMHOTEP!”

John se puso en pie, impresionado.

- ¿Imhotep? –dijo Kira un instante después cuando el navajo les contó el extraño acontecimiento. Algo se iluminó en el hermoso rostro de la ex militar.- Es el nombre de un legendario arquitecto egipcio. Arquitecto, sacerdote, artista, maestro... Un hombre del Renacimiento, podría decirse, aunque vivió antes de Cristo. Diseñó muchas pirámides, incluida está bajo la que estamos.

Polly, preocupada por las posibles trampas en la cámara, siguió buscando mientras Kira les hablaba de Imhotep. Observando el umbral que acababan de atravesar, su mirada entrenada pronto le reveló algo preocupante: las rocas superiores del umbral parecían una sección independiente al resto del pasillo. ¿Acaso había allí oculta una puerta de roca, presta a desplomarse y atraparles en el interior de la estancia?

John avanzó unos pasos hasta allí. Con su enorme envergadura no le fue difícil plantar sus manazas en la roca, dispuesto a aguantar la puerta si esta intentaba cerrarse. Su resuelta mirada motivó a sus compañeros. Y mientras estos se ponían en camino para rescatar el cetro de oro del centro de la sala, John cerró los ojos y entonó su canto...


***


En el centro de la sala, con el altar a sus espaldas, el faraón Djosser está en pie. Una hermosa capa bordada en oro descansa sobre sus oscuros hombros. En sus manos lleva otra capa, negra como la noche. Frente a él, yo, Imhotep, de rodillas, aguardo a ser investido por el gran Djosser.

El faraón pasa la capa negra sobre mis hombros...



***


Cuando los propulsores del jetpac de Shotgun se activaron, las pequeñas llamas se unieron a la luz de las linternas para iluminar la cámara. Desde las paredes, jeroglíficos e imágenes de antiguos dioses egipcios brillaron con colores intensos.

Shotgun agarró a Kirk desde atrás, por debajo de los hombros. Y después, emprendió un lento vuelo hacia el pequeño altar donde estaba insertado el deseado cetro de oro, llevando consigo al explorador. En un instante, ambos flotaban a unos metros encima del cetro.

Kirk dejó caer el extremo de la cuerda que llevaba en sus manos. Cuando el cabo llegó junto a la dorada cabeza de gato, un hábil movimiento hizo que la cuerda girará sobre
el cetro. Bastaron un par movimientos rápidos para que la cabeza quedara enrollada por la soga. Sólo restaba tirar.

El explorador, suspendido en el aire sobre el altar mientras Shotgun le sujetaba, tiró con entusiasmo. El cetro se desprendió con facilidad. Kirk tiró de la cuerda, haciendo que el cetro llegase a sus manos. El hombre se asombró al sopesarlo: ¡Diez kilos de oro macizo, en forma de cetro de dos palmos de largo, coronado por una cabeza de gato con ojos de jade del tamaño de una calavera humana!

La maniobra había resultado sencilla. Shotgun ya se disponía a regresar, cuando...

Todo sucedió muy rápido. Polly, cerca de John, miraba hacia el pasillo por el que habían llegado hacía unos minutos, temiendo la aparición de intrusos. Y entonces vio que algo terrible le ocurría a John: Sus ojos estaban en blanco desde que se situó bajo el umbral, sosteniendo el techo de piedra. Un monótono canto indio salía de sus labios. ¡Y de pronto, la musculatura del indio se activó con una brusquedad que sobresaltó a la intrépida periodista! Sus enormes manazas se crisparon sobre la roca que soportaban. Los colosales músculos de sus brazos de tensaron como cables de acero, gruesos como culebras. Los labios de John se entreabrieron mostrando su poderosa dentadura apretada en un gesto de esfuerzo sobrehumano. Polly lo entendió de inmediato: ¡La puerta intentaba cerrarse y dejarles a todos atrapados en esta tumba faraónica!

Polly intentó dar aviso a sus amigos. Pero el gritó murió en su garganta, pues al volverse vio lo que ocurría en la sala.

Las cuatro enormes secciones semitriangulares del suelo se desplomaban con estruendo. Las baldosas se separaron en el aire, cayendo hacia la cámara inferior, donde se estrellaron con un ruido ensordecedor. Cuando Polly miró hacia abajo, asomada al pasillo que permanecía intacto, el espectáculo la sobrecogió. Entre las baldosas destrozadas, una miríada de serpientes húmedas reptaban con furia, rozando sus aceitosas pieles negras, formando al instante un repugnante suelo engrasado, aguardando a cualquier incauto que cayese al fondo para inyectarle sus mortales venenos.

Pero eso no era todo.

En las paredes de la sala, siguiendo el perímetro del pasillo ovalado que permanecía intacto, cuatro secciones se abrieron de repente dejando ver algo asombroso. Tras cada una de las aberturas, una polvorienta momia negra aguardaba en pie, enarbolando un sable. Y entonces, ante las aterrorizadas miradas de los valientes, las cuatro momias avanzaron un paso al unísono, y se plantaron en el pasillo oval, buscando enemigos a los que castigar por la horrible profanación.


***


John, sumido en trance para concentrar toda su energía en soportar el impresionante peso que amenazaba con aplastarle, no era consciente de la demencia que se había desatado frente a él: Shotgun volando a toda velocidad por la sala en dirección a la salida, llevando a Kirk agarrado, quien a su vez sostenía el preciado cetro. Polly a su derecha desenfundando su pesado revólver, Kira a su izquierda sacando su látigo y haciéndolo restallar con furia. ¡y las cuatro momias saltando en elipsis imposibles hacia ellos, con los sables en alto, dispuestas a atacar!

Shotgun se lanzó a toda velocidad hacia la salida. Su intención era pasar bajo uno de los poderosos brazos del indio, mientras soltaba a Kirk hacia el hueco bajo el otro brazo de John. Pero el sobrepeso que arrastraba el héroe enmascarado al llevar a Kirk en brazos traicionó su habilidad con el jetpac. ¡Shotgun volaba de cabeza hacía el estómago del navajo que sostenía la puerta de piedra!

Mientras tanto, una de las momias, dando tremendos saltos, ya caía sobre Kira. El airé silbó cuando el sable de la monstruosa criatura buscó el cuello de la mujer, quien se agachó esquivando el golpe mortal. Kira aprovechó su posición, atacado con su látigo, ¡y atrapando los pies de la momia!

Al mismo tiempo, Polly se adelantaba a la momia que ya saltaba hacia ella, disparando su revólver. La detonación retumbó en la sala como un cañonazo. La impresionante reverberación tuvo fatales consecuencias. ¡Una sección de roca del techo, grande como un búfalo, se desplomó sobre la valerosa periodista! Polly saltó hacia delante, rodando por el suelo, y esquivando el mortal golpe de la roca, que quedó asentada con firmeza en el pasillo ovalado, a pocos centímetros del precipicio plagado de serpientes que se abría en la sala. La joven alzó la mirada, ¡para encontrarse con la momia que se había plantado frente a ella! Desde el suelo de piedra, Polly pudo ver el agujero humeante que la bala había abierto en el pecho de la momia. ¡Pero la maloliente criatura no parecía siquiera molesta por ello!

Ante la inminente colisión, Shotgun soltó a Kirk. El explorador hizo pie, y no dudó un instante: proyectó sus brazos hacia arriba en un rápido movimiento, empujando a Shotgun a un lado y modificando la trayectoria. Fugaz como un rayo, Shotgun pasó a milímetros de John, mientras Kirk, empujado por la inercia, rodaba por el suelo por el otro lado del indio. Así, Kirk y Shotgun llegaron al largo corredor, justo en el instante en que John salía de su trance. ¡El horror se dibujó en el rostro del navajo cuando vio el dantesco espectáculo que se orquestaba frente a él! El suelo de la sala parcialmente desplomado, la sala inferior infestada de serpientes venenosas, Polly y Kira enfrentadas a... ¡a polvorientas momias de la antigüedad armadas con espadas! ¡Y otras dos momias que ya saltaban por los pasillos en forma de cruz que permanecían intactos!

Las fuerzas de John flaquearon durante un preciado segundo. Sus piernas amenazaron con ceder. ¡John plantó una rodilla en el suelo, mientras gritaba de dolor por la impresionante tensión muscular! Kira y Polly aún estaban dentro de la cámara, enfrentadas a sendas momias, ¡y John no podría aguantar la pesada puerta de piedra más de unos segundos!

Kira tiró con fuerza del látigo que sujetaba los pies de la momia. Pero la criatura, con un rápido e inesperado movimiento, ¡retrocedió arrebatando el látigo de las manos de la mujer!

Al mismo tiempo, Polly se precipitaba hacia la enorme roca que a punto había estado de aplastarla unos instantes antes. Trepo por la roca, ágil como un felino, y saltó al otro lado corriendo hacia la salida y saltando finalmente hacia el corredor donde ya aguardaban Kirk y Shotgun. Corriendo como alma que lleva el diablo, un segundo después la seguía Kira, ¡justo en el instante en que la pesada puerta obligaba a John a echar ambas rodillas al suelo y a sostener la enorme losa sobre sus hombros!

El fortachón se preparó para retroceder de un salto, dejando caer la puerta de piedra y encerrando a las momias en la cámara del cetro. Pero un segundo antes, una de las momias se plantaba frente al indio, ¡y le atacaba con su sable, que cortaba el aire hacia su cuello! Y cuando el golpe mortal estaba a sólo un centímetro de John, ¡el filo asesino se detuvo! La momia, inmóvil como una estatua, enfrentaba su mirada de cuencas vacías y polvorientas a la de John. El navajo puedo ver un insecto saliendo de una de las cuencas y correteando por la mejilla del cadáver andante. Y entonces la momia abrió la boca, susurrando una palabra llena de polvo y de la fetidez de la carne corrupta:

- Imhotep...

Abrumado por el peso que sostenía, John empleó sus últimas fuerzas para saltar hacia atrás, al tiempo que la hedionda momia saltaba hacia delante, intentando colarse por la ahora estrecha abertura para atacar a los acompañantes del indio. Pero el navajo fue más rápido. El salto del indio dejó libre la trampa, y al tiempo que John caía sobre sus posaderas en el polvoriento pasillo, la losa se desplomó sobre la momia asesina, aplastando su esquelético cuerpo.

Los ecos de la puerta al cerrarse aún resonaban por el largo corredor de la pirámide mientras los cinco héroes corrían hacia la salida de la pirámide del faraón Djoser, portando el ansiado cetro de oro.


***


Habían regresado a El Cairo. Alojados en un hotel, el grupo estaba reunido en una habitación. Polly les estaba mostrando las fotografías recién reveladas que había hecho el día anterior al nazi Gustav Kleinman y al americano Richard Willson. Los compañeros observaron las instantáneas con detenimiento. Pero sólo la sagaz Kira Nixon puedo observar la expresión desconcertada, casi horrorizada, que había aparecido en el rostro del apuesto Tom Hagen, quien miraba la fotografía como quien mira un fantasma.

Sorprendiendo a todos, Tom se disculpó y salió precipitadamente de la estancia, murmurando excusas acerca de su repentino malestar y la necesidad de un poco de aire fresco en la fría noche egipcia...


***


En la habitación, John tomó el cetro dorado entre sus manos, sentándose a solas con las piernas cruzadas. El navajo susurró su canto místico, y en unos instantes...

...el faraón pone la oscura capa sobre mis hombros. Ahora soy el sumo sacerdote, y tengo una misión que cumplir. Debo darme prisa, pues el tiempo apremia. Escucho a mi espalda el sonido arrastrado de unos pasos, los gemidos débiles de los muertos. Ya están aquí.

Me vuelvo hacia la entrada de la cámara, y les veo de inmediato. Son muchos. Sus ropas están raídas. Su piel también. Puedo ver trozos de su musculatura, de sus tendones, de sus huesos, asomando entre los agujeros podridos abiertos en su cuerpo. Insectos aceitosos entran y salen por los purulentas heridas. Retinas desprendidas me contemplan. Los muertos avanzan, y entran en la sala.

Es mi turno.

***


Los cinco héroes, acompañados por los guías árabes Abdul y Neferti, cruzaban a caballo las montañas, en busca del Mar Negro. Atrás habían quedado El Cairo, el viaje en barco por el Mediterráneo hacia Palestina, el trayecto en tren hasta la frontera con Trasjordania...

Ahora, cabalgaban a través de las estériles montañas hacia el mar más salado del mundo, en busca del desfiladero donde permanecían ocultas las tres tablillas cuneiformes. Kirk había informado a sus amigos: en dos días, en el solsticio de verano, a cierta hora de la tarde el sol proyectaría la sombra de un gran pico montañoso sobre una caverna de un desfiladero. Allí encontrarían el tesoro de la antigüedad.

El explorador cabalgaba absorto en sus pensamientos, cuando un fugaz destello en el horizonte, a su izquierda, llamó su atención. Observando hacia allí, no tardó en ver a un pequeño grupo de jinetes cabalgando en paralelo a ellos, en la misma dirección. La distancia hacía difícil distinguir los detalles. Kirk usó su catalejo.

Se trataba de cuatro jinetes, montados sobre hermosos caballos. Los hombres vestían largas túnicas de tuareg, tan negras como sus caballos. Sus cabezas estaban cubiertas por turbantes, y sus rostros por pañuelos.


***


Habían acampado en una llanura, próximos a una árida ladera. John y el guía Abdul hacían guardia en lo alto de la pequeña colina, próximos al campamento, mientras el resto dormía. El indio escrutaba la oscuridad con sus negros ojos, mientras Abdul murmuraba a su lado, asustado anta la posibilidad de que los jinetes que horas antes fuesen ladrones del desierto.

De repente, John creyó escuchar algo. Con un gesto, hizo callar al árabe. Un ave cantaba en la noche, cerca de allí. ¿Un ave? No una que John conociese, desde luego. Al momento, un segundo trino llegó desde otro lugar en la oscuridad. ¿Acaso los tuaregs se habían acercado, silenciosos como reptiles, y se lanzaban señales en la noche?

Así le parecía a John.

John y Abdul bajaron silenciosamente por la ladera de la colina, hacia el campamento, dispuestos a despertar a sus amigos. Estaban a menos de veinte metros cuando John vio algo que le paralizó. Neferti, el segundo guía, estaba acuclillado sobre Kira. Con una mano tapaba la boca de la mujer. Con la otra sostenía una daga sobre el blanco cuello de la ex militar. La voz de Neferti, en un susurro, llegó hasta John.

- No te muevas, piel roja. ¡O la mujer morirá!

Kira, sobresaltada, media la situación, aguardando cualquier despiste del árabe para zafarse de la mortal presa. John no dudo un instante: ¡cogió al aterrado Abdul en alto, dispuesto a usar al árabe como arma arrojadiza!

El indio avanzó unos pasos. La voz sobresaltada de Neferti hizo que se detuviese.

- ¡Quieto ahí!

A pocos pasos del árabe, John gruño una amenaza intimidante. La duda quedó sembrada. Neferti retiró el filo de la daga del cuello de Kira. Apenas un par de centímetros, pero suficiente para que la mujer llevase a cabo la estrategia que estaba tramando. ¡Como una tigresa acorralada, Kira descargó el codo con todas sus fuerzas contra la cara del árabe, que fue proyectado hacia atrás por la terrible fuerza del golpe!

Y entonces se desató la locura.

La noche se lleno de sonidos. Desde la periferia del campamento llegaban los ruidos de los pasos a la carreta de los tuaregs, corriendo con sus revólveres en alto. Polly y Kirk despertaron de su sueño ante los ruidos que poblaban la oscuridad. El primer disparo vino de uno de los tuaregs, que disparaba mientras corría a toda velocidad hacia el campamento. A partir de ahí, se desencadenó un infierno de detonaciones y fogonazos. Las armas escupían su fuego mortal, las balas silbaban por doquier, el olor de la pólvora quemada asaltó el campamento... Y el estruendo del tiroteo era coreado por los sonoros ronquidos de Shotgun, que dormía plácidamente bajo las estrellas.

Cuatro eran los enemigos que intentaban derribar a los aventureros, además del nefando Neferti. Pero uno a uno fueron cayendo, presas del fuego devastador de los revólveres. La arena se sembró de cadáveres. Neferti ni siquiera tubo opción de disparar su revólver. Fue abatido de un disparo antes siquiera de amartillar el percutor.

Pero aún quedaba con vida uno de los tuaregs, enfrentado al valeroso John, que aún sostenía en alto al aterrado Abdul. Escudándose con el cuerpo del árabe, John trotó como un bisonte enfurecido hacia su enemigo, que descargaba su revólver contra la mole que se le aproximaba. Las balas se hundían inmisericordes en el cuerpo de Abdul, que gritaba presa de atroces dolores. Cuando John llegó a la altura del tuareg, el cuerpo de Abdul era ya un cadáver inerte. John se deshizo del cuerpo, y se encaro con su enemigo, quien, con el revólver al fin vacío de su mortal carga, se aprestaba a desenfundar un afilado sable curvo. El filo brilló bajo la luz de la luna.

John se vio sorprendido por el veloz golpe de su oponente. La hoja mordió la carne del navajo, que gritó enfurecido. John se precipitó sobre el hombre, lo agarró con sus enormes manazas... ¡y descargó al tuareg sobre su rodilla en alto, partiendo la espina dorsal del hombre con un crujido espeluznante que resonó con tal fuerza en la noche que sólo entonces despertó Shotgun, azote de los criminales!

Shotgun miró confuso a su alrededor, aturdido por el sueño. El olor de la pólvora, los cadáveres de los tuaregs y Neferti en las proximidades, sus amigos aún sosteniendo sus armas humeantes y el gigantesco John dejando caer al suelo el cuerpo de su enemigo literalmente doblado en dos, confundieron a Shotgun, quien masculló una pregunta confusa cargada de somnolencia:

- ¿Qué...? ¿Qué ha pasado aquí?


***


Habían registrado los cadáveres, en busca de objetos valiosos y pistas sobre sus difuntos atacantes. ¿Eran ladrones del desierto, aliados con el traidor Neferti? ¿O quizá eran más que eso?

Polly desvistió a uno de los tuaregs y algo llamó su atención. Corrió al resto de cadáveres, buscando en el mismo lugar. Y en todos halló lo mismo. En el pecho de los cuatro tuaregs y también en el de Neferti, a la altura del corazón, había un tatuaje idéntico. ¡Un ank sobre el que se superponía un ojo sin párpado!

Los recuerdos asaltaron a Kirk con fuerza. ¡La Sociedad! ¿Cómo era posible? Hace milenios, antiguos sacerdotes de Oriente Medio ocultaron tres valiosos objetos sagrados lejos de manos codiciosas: un cetro de oro en Egipto, unas tablillas cuneiformes en el Mar Muerto, y una enorme ánfora en Babilona. Y para custodiar las reliquias fundaron la Sociedad: guerreros sacerdotes con la misión de proteger los objetos con su vida si fuere menester. El tatuaje que llevaban aquellos árabes era el emblema de La Sociedad. ¡Pero La Sociedad se extinguió siglos atrás! Ya nadie creía en el poder mágico de aquellos tres objetos. ¿Que sentido tenía dar la vida para protegerlos? ¿Cómo era posible que aún hubiese miembros de La Sociedad dispuestos a luchar por su legendaria causa?

Kirk compartió su asombro con sus amigos, y un oscuro presagió se cernió sobre todos ellos, como un negro pájaro agorero. ¿En qué diablos se estaban metiendo?

sábado, abril 15, 2006

EPISODIO I (Segunda sesión, jugada el 14 de abril de 2006)

Por cuarta vez en aquel atardecer unos nudillos llamaron a la puerta de la habitación alquilada por Kirk F. Bradock. En esta ocasión fue el gigantesco indio navajo el que se encaminó hacia allí. John abrió la puerta, para encontrarse con una hermosa mujer.

Desde el pasillo del hotel, Kira Nixon, ex militar, observó con su único ojo al enorme hombre que se interponía entre la estancia y ella. El indio vestía un mono azul de faena, con el peto desabrochado dejado caer, mostrando un torso enorme y musculoso, de piel rojiza. El ojo verde de Kira buscó los ojos negros de John.

- Busco a Kirk Bradock- dijo la joven.

John observó intrigado a la mujer. Sus altas botas hasta la rodilla, sus pantalones de tela gruesa, su cazadora de cuero, el pelo recogido en un moño, el parche cubriendo un ojo... El indio se hizo a un lado, sin dejar de mirar aquel hipnótico ojo verde...

- Pues le ha encontrado -aseguró con su retumbante voz.

Kirk mostró una sonrisa torcida cuando vio entrar a Kira en la estancia. Las miradas de ambos se encontraron y se retaron, desafiantes.

- Conseguiste encontrarme, Kira. No me lo digas: pretendes unirte a nuestra expedición, ¿es eso?

Los gruesos labios de Kira se abrieron en una sonrisa que iluminó la habitación en penumbras.

- ¿Acaso lo dudas, querido?

Kirk suspiró con resignación y se dirigió a sus invitados.

- Permítanme que les presente a la capitana Kira Nixon, mi... amiga de la infancia.


***


El apuesto Tom Hagen alzo la mano con gesto amable, haciendo callar a Kirk. En la soleada estancia de la mansión del acaudalado hombre se hizo el silencio.

- No será necesario que me de explicaciones, Mr. Bradock. Shotgun me ha puesto al corriente de su... expedición. Y -Hagen paseó su amable e inteligente mirada entre el pintoresco grupo de personas que habían acudido a visitarle aquella mañana- les alegrará saber que estaré encantado de patrocinarla.

Kirk apenas podía reprimir su gozo.


- Sin embargo -prosiguió Hagen-, supervisaré la expedición personalmente. Iré con ustedes. Y, aunque no participaré en las... –el hombre pareció buscar la expresión adecuada- “misiones de campo”, sí estaré en las proximidades. Entenderán mi deseo de supervisar mi inversión.


Kirk cruzó la sala bañada por el sol, y estrechó con ímpetu la mano de Tom Hagen, sin siquiera imaginar que al mismo tiempo estrechaba la de Shotgun, el héroe enmascarado.


***


La noche había caído. La pálida luz de la luna bañaba el poblado navajo. Desde lo alto del tipi de Mááharèi “John Greeneye”, delgados hilos de humo blanco se elevaban hacia el firmamento.

En el interior de la tienda, Mááharèi estaba sentado con las piernas cruzadas, frente a la pequeña fogata. El aroma de las hierbas quemándose inundaba sus sentidos. El agrio peyote en su boca rezumaba su jugo oscuro y preparaba al navajo para su viaje. Mááharèi susurraba el canto
ceremonial, mientras el humo...

...el humo se espesa a mi alrededor, envolviéndome como una niebla en las praderas. Pronto dejo de ver los límites de cuero de mi tipi. Sólo estamos el fuego y yo.

Un viento sopla durante un instante, y la niebla se disipa. Ya no estoy en mi tienda.

El pequeño fuego apenas alcanza a iluminar las lejanas paredes de la enorme caverna donde estoy sentado. Miro hacia lo alto. El techo está tan lejos que no lo diviso. ¿Dónde estoy? ¿Es esto mi pasado? ¿Mi futuro, acaso?

Frente a mi, en el suelo, hay un pequeño cuenco con un líquido oscuro. Quizá sea óleo. Tal vez no. Tal vez sea sangre.

Estoy observando el líquido cuando en él empiezan a formarse ondas concéntricas. Una vez... dos... tres. Con lentitud, como si alguien arrojase piedrecitas invisibles en el centro del cuenco. O como si el líquido detectase algo que yo no puedo: una remota vibración en el suelo.

Y entonces también lo siento yo. No lo oigo. Llega hasta mi a través del frío suelo de piedra. Un retumbar sordo, pesado, lento. Como un gigantesco tambor de guerra en las insondables profundidades de la caverna. Contengo la respiración y escucho...

Y en el límite de lo audible llega hasta mi el sonido. El rugido remoto de una criatura. Un rugido lleno de ira, de rencor y de maldad. La enorme distancia que me separa de la criatura y lo tenue del sonido que llega hasta mí no impiden que sienta toda su furia. Me está buscando.

El fuego arde ahora con más fuerza. El humo...


...el humo envolvió a Mááharèi, acariciando su piel roja con dedos vaporosos. Un soplo de brisa entró en el tipi y el humo huyó hacia las alturas, escapando hacia la noche. Mááharèi contempló su tienda y reprimió el deseo de alargar su mano para palpar el familiar cuero que le rodeaba. Luego, se tumbo junto al fuego casi extinto, y durmió sin sueños el resto de la noche.


***


El sol, enorme y rojo, buscaba el horizonte. A través del balcón abierto, Polly observaba las fabulosas pirámides del valle de Gizeh, cautivada por su presencia, por su antigüedad. Ella y sus nuevos compañeros sólo llevaban unas horas en el Cairo, y las habían aprovechado alquilando dos jeeps para el desierto, y memorizando el mapa calcado que Kirk les había mostrado. Era un calco obtenido por un ladrón de tumbas al que el explorador había seguido hasta Roma. Tom Hagen se había retirado, dejando la expedición en manos de los demás, y prometiendo ponerse en contacto con ellos con frecuencia.

Polly había dejado su avioneta en un hangar en las afueras de la bulliciosa ciudad. La joven periodista estaba pensando en lo poco fiable que parecía el dueño de aquel sucio hangar cuando alguien llamó a la puerta de la habitación. Cuando Polly abrió se encontró con un hombre vestido a la manera árabe, pero occidental a todas luces. Vestía amplios ropajes blancos y un enorme turbante. Parte de su rostro estaba cubierto por un pañuelo blanco. A sus espaldas portaba una extraña mochila de campaña, llena de bultos y agujeros.

- Pensé que así pasaría desapercibido –dijo Shotgun desde detrás del pañuelo.

Polly alzó una ceja, escéptica.


***


A la mañana siguiente, los aventureros cruzaron en los jeeps los treinta kilómetros que separaban el Cairo de la antigua necrópolis de Sakkara. Localizada en lo alto de una meseta, fue donde muchos de los primeros gobernantes del antiguo Egipto eligieron construir sus grandiosos templos funerarios. Los jeeps se adentraron ruidosamente entre los impresionantes monumentos. A su paso, los vehículos levantaban polvo y arena.

Pronto estuvieron rodeados de pirámides, tumbas y templos en distinto estado de ruina. Las pirámides, cámaras funerarias y monumentos a los faraones, estaban rodeados de satélites más pequeños donde fueron enterrados benefactores y sirvientes de los gobernantes, y donde se llevaron a cabo antiguas y oscuras ceremonias religiosas.

Entre los misteriosos monumentos de la antigüedad se alzaban, sin orden ni concierto, edificios modernos de paredes encaladas. Hogar de turistas, arqueólogos y habitantes locales (estos últimos al servicio de los otros).

En apenas unos minutos, los aventureros encontraron hospedaje en un hotel polvoriento. Tras ello, planearon una primera visita turística a la gigantesca pirámide del faraón Djosser...


***


El guía les acompañó en el recorrido por los frescos túneles de la pirámide. Las paredes estaban cubierta de jeroglíficos y representaciones de las deidades egipcias. Anubis, Osiris, Isis, Neftis... Las amplias cámaras contenían más pinturas, desgastadas por el paso de los años y las manos de los curiosos. En el silencio del interior de la pirámide, sus voces sonaban con estridencia.

Recorrieron los más de cinco kilómetros de túneles y cámaras, siempre acompañados por el guía, que iluminaba el camino con una lámpara de aceite y les ilustraba el recorrido en un torpe inglés de acento silbante.


***


Polly y Kirk entraron en la pequeña tienda de suministros en el mismo instante en que dos hombres la abandonaban. El agudo instinto observador de Polly no dejo pasar detalle: el primer hombre era centroeuropeo, sin duda. Era alto y muy delgado, y su pelo rubio estaba peinado hacia atrás. Sus ojos eran de un azul claro, casi transparente. Vestía un uniforme militar del color de la arena del desierto, con unas altas botas de cuero negro. La esvástica de su brazalete no dejaba lugar a dudas: un alemán.

Le acompañaba otro hombre, quizá americano. Vestía con cómodas ropas de campaña, bajo las que había un cuerpo robusto y bien entrenado pese a la edad del hombre, que quizá superaría los sesenta años. Su pelo era abundante y blanco, tan blanco como la tupida perilla que poblaba su firme mentón.

Mientras Kirk regateaba con el vendedor egipcio por unas poleas y una cuerda, Polly decidió salir tras los dos hombres...

La extraña pareja ascendió por las dunas hacia el complejo de Djosser. Cruzaron la entrada amurallada entre las dos grandes estatuas del dios Anubis y, a la sombra de la gran pirámide, se dirigieron hacia un rincón de la muralla, donde había sido montada una tienda abierta, con palos y un amplio toldo. Bajo la lona se cobijaba del sol inclemente una pareja de soldados. Las esvásticas en sus brazos y las luger en sus cinturones no pasaron desapercibidas a la intrépida Polly. Alrededor del tenderete se encotraban algunos egipcios, que estaban montando una complicada polea.

Polly se aproximó con expresión inocente...


***


- El alemán se llama Gustav Kleinman –informó Polly a sus compañeros, en la tranquilidad del hotel-. Un tipo desconfiado, diría yo. En cuanto aparecí cogió un gran mapa que estaban estudiando y lo guardó en una camioneta, junto al tenderete. El otro hombre es americano. Su nombre es Willson. Richard Willson. Un hombre amable, aunque evasivo. Dijo que buscaban nuevas cámaras en la pirámide de Djosser, y que tenían permiso del Gobierno Egipcio.

Polly mostró con orgullo su cámara fotográfica.

- Les disparé una foto furtivamente.

Kirk se rascó la poblada barba.

- Tenemos que conseguir ese mapa –susurro, más para si mismo que para sus compañeros.


***


La luna creciente se había elevado en el firmamento, ofuscando con su luz el tímido brillo de las estrellas. El veterano explorador Kirk F. Bradcok, la hermosa mujer de misterioso pasado Kira Nixon, el gigantesco indio navajo John Greeneye, el valeroso héroe enmascarado Shotgun, y la temeraria reportera Polly Jane Parker avanzaron a hurtadillas hacia el complejo de Djosser, al abrigo de las sombras.

El grupo se detuvo al llegar a la entrada en el muro de piedra, junto a una de las estatuas de Anubis. Con sus cabezas de perro, las estatuas parecían observar sus movimientos en un silencio cargado de presagios.

Kirk sacó su catalejo, y asomó la cabeza enfocando al tenderete de los militares. A la luz de la luna pudo ver a un soldado sentado en una silla, vigilando el puesto. El camino hasta la pirámide no pasaba cerca del puesto nazi. Quizá lograsen llegar hasta allí sin llamar la atención del soldado.
Junto a la escalera que ascendía por la inclinada pared de la pirámide hacia la alta entrada había una pequeña garita de piedra encalada. Y desde allí llegaban unos sonoros ronquidos. El guarda de la pirámide dormía profundamente.

Kirk informó al grupo:

- Dos hombres: uno en el puesto nazi, vigilando el tenderete. El segundo en la garita, justo donde empieza la escalera de la pirámide. Duerme como un niño.

Shotgun se impacientó:

- ¿A qué esperamos? El nazi no nos verá desde tan lejos. Al otro lo reduciremos en un instante.

Polly mostró un frasquito de cristal. La luz de la luna hizo destellar el líquido transparente.


- Cloroformo -informó-. Yo me encargó del egipcio. Vosotros procurad no hacer ruido.

Agachados, y haciendo el menor ruido posible, se adentraron rápidamente en el complejo, avanzando hacia la gran pirámide que se erguía en la meseta con su enorme masa agazapada en la noche. Estaban a medio camino cuando un ruido delató su presencia. Las poleas que Kira portaba a su espalda resbalaron, entrechocando al caer al suelo arenoso. Un débil golpe metálico sonó en la oscuridad. Débil, pero quizá suficiente para alertar a los guardas en el silencio de la noche.

Todos se detuvieron, escuchando...

Desde la garita, los ronquidos del egipcio continuaban sonando, rítmicos y graves. Desde el puesto nazi, ningún sonido llegaba.

Tras una breve pausa, siguieron avanzando. Al llegar a la garita, Kirk se preparó frente a la ventanilla, observando al guarda dormido con la cabeza sobre el pequeño mostrador. Polly se coló en el estrecho habitáculo, con su pañuelo empapado de cloroformo. Con un rápido movimiento, levanto la cabeza del egipcio tirando de su pelo. Kirk descargó su puño a través de la ventanilla en la cara del guarda, y al momento Polly le plantó el pañuelo en la boca. El hombre se desplomó sin sentido.

Se aprestaron a empezar el ascenso por la pirámide cuando unos pasos que se aproximaban llamaron su atención. ¡venían desde el puesto nazi!

Kira, Shotgun y John se apresuraron a esconderse tras la garita. Polly se agachó dentro de la garita, mientras Kirk echaba a andar hacia el soldado que se aproximaba. El alemán quedó al fin a la vista, y al ver a Kirk le habló en tono disgustado. Kirk no entendía una palabra de alemán, pero su intención no era dialogar. El explorador confiaba en que su aspecto y su ascendencia árabe hiciesen creer al alemán que era un nativo.

- ¡Efendi, Efendi! –exclamó Kirk.

Se acercó al alemán, que se mostró disgustado, alzando la voz y echando mano a la culata de su luger. Kirk se anticipó al movimiento. Rápido como una cobra, aprestó su mano izquierda hacia la culata de la pistola del alemán, para impedir que este la desenfundara. Al instante, Kirk asestó un tremendo cabezazo en las narices del soldado. Un terrible crujido sonó en la noche cuando la nariz del nazi se quebró. Al momento, el alemán se desplomó de espaldas en el suelo, sin sentido.

John cargó el cuerpo y lo escondió en la garita, junto al egipcio. Y tras esto, los aventureros se precipitaron hacia las empinadas escaleras de piedra que ascendían hacia la entrada a la pirámide de Djosser.


***


El pozo descendía en picado frente a ellos. Cincuenta metros de caída libre. Descendieron por la robusta escalera de madera que había sido instalada hacía dos décadas para facilitar el tránsito de arqueólogos y turistas. La escalera les llevó hasta el fondo del estrecho pozo. Más arriba quedaban las entradas a los pasillos laterales que habían recorrido con el guía turístico aquella misma mañana. Acá, en el fondo, no había entradas. Sólo las cuatro paredes claustrofóbicas rodeándoles. No había rastro alguno del pasillo que aparecía en el mapa de Kirk.

Buscaron sin éxito señales de una abertura o mecanismo. De pronto, Polly tuvo una idea. Encendió su pequeño mechero de gasolina, y lo movió lentamente entre las juntas de las enormes losas... ¡hasta que la llama tembló inquieta al paso de una corriente de aire!


***


Habían salido de nuevo al exterior. Desde la entrada a la pirámide, en lo alto, podían contemplar la ciudad muerta de Sakkara bañada por la luz lunar. El sonido furioso del jetpack de Shotgun llegó desde el interior de la pirámide, y al momento el héroe enmascarado apareció volando hacia el exterior, con su turbante lleno de trozos de madera. Su ascensión por el túnel había resultado accidentada.

- ¡A cubierto! –gritó Shotgun.

Todos se alejaron de la entrada. Un instante después, una explosión ahogada llegó desde el interior de la pirámide. Una violenta nube de polvo y arena fue vomitada por la entrada.


***


La explosión del cartucho de dinamita preparado por Kira había abierto un boquete lo bastante grande para que pasase por él una persona de tamaño medio. Lo cual excluía al gigantesco John. Sus compañeros atravesaron el agujero hacia el pasillo que había más allá. En cuanto el último de ellos lo cruzó, John cogió el pico y se dispuso a ensanchar el paso para poder acompañarles.

Mientras los golpes del pico resonaban en el pasillo, Kirk abrió la marcha hacia las profundidades de la pirámide. El corredor avanzaba recto. Las paredes estaban repletas de jeroglíficos coloridos y brillantes que no habían sufrido el castigo del tiempo. El polvo y la arena no había entrado en esta zona. El silencio era tan abrumador que el rítmico golpeteo del pico de John era casi doloroso.

Avanzaron por el pasillo, sabiendo que John no tardaría en unirse a ellos. Al cabo de un tiempo el pasillo terminó, desembocando en un nuevo pozo que se hundía en las entrañas de la tierra, muy por debajo del nivel del suelo. Kira se asomó, enfocando su linterna: no se veía el fondo del pozo.

Shotgun no dudó un instante. Activó el jetpack. Las llamaradas brotaron de los depósitos, y el héroe descendió por el pozo lentamente...


***


Asomada al pozo, Polly vio las señales de la linterna de Shotgun. Había llegado al fondo. La voz del hombre llegó desde la distancia, llena de ecos:

- ¡Unos cien metros de caída!

Kirk no aguardó un segundo. Empezó a reunir las piezas de la polea, y entre todos la montaron.


***


Desde el fondo del pozo, un nuevo pasillo cubierto de jeroglíficos se adentraba en la negrura. La oscuridad retrocedía a la luz de las linternas mientras los aventureros avanzaban, y les perseguía a sus espaldas ganando el terreno antes perdido.

Al fin, a lo lejos se divisó una abertura. Continuaron su avance hasta allí, y se reunieron en el umbral de una sala, paralizados ante el espectáculo que contemplaban sus ojos incrédulos.

La sala tenía forma ovalada, con la entrada en uno de los extremos de dicho óvalo. Era mucho más amplia que cualquiera de las cámaras funerarias abiertas al público en los sectores superiores de la pirámide. Las paredes estaban cubiertas con representaciones de deidades egipcias. El techo estaba a más de veinte metros.

En el suelo, las baldosas de piedra formaban una enorme cruz: Un largo pasillo de baldosas desde la entrada hasta el otro extremo, y un pasillo más estrecho perpendicular al primero que se cruzaba con este justo en el centro de la estancia y con sus extremos en las paredes de la sala. Un pasillo ovalado con baldosas idénticas recorría toda la estancia, pegado a la pared, y uniéndose con los extremos de la cruz. La cruz y el óvalo, así unidos, formaban en el suelo cuatro enormes secciones idénticas, de forma triangular, con la cúspide apuntando hacia el centro de la sala y la base curvada siguiendo la forma del pasillo pegado a la pared.

En el centro de la gran estancia, donde los pasillos se cruzaban, había un altar de roca, cubierto de jeroglíficos. Y, justo en el centro de altar, insertado en él cual Excalibur en la roca, un refulgente cetro de oro asomaba su cabeza dorada con forma de gato. Los verdes ojos de jade de la figura reflejaban la luz de las linternas de los atónitos exploradores.

Una voz profunda a sus espaldas les sacó de su letargo:

- ¿A qué estamos esperando? –quiso saber el valeroso navajo Mááharèi John Greeneye.

miércoles, marzo 22, 2006

INTRODUCCIÓN (Primera Sesión, jugada el 31 de marzo de 2006)


La rojiza luz del sol poniente penetraba a través de la amplia cristalera que ocupaba toda la pared oeste de la habitación. Los objetos y personas quedaban bañados con los tonos ocres y anaranjados del ocaso. El sol era una enorme bola que recortaba las siluetas de los edificios de la ciudad de Nueva York. A lo lejos, el Empire State se alzaba apuntando acusador a los cielos cada vez más oscuros.

Alguien llamó a la puerta.

El explorador Kirk F. Bradock acudió a la llamada, y no se sorprendió cuando al abrir se encontró frente a un enorme indio navajo. La corpulencia del hombre era asombrosa. En la habitación, la intrépida periodista Polly J. Parker no pudo evitar una mueca de sorpresa al contemplar a aquel gigante de piel cetrina y ojos negros como la noche. Shotgun, el mítico héroe enmascarado, azote de los criminales, quizá se sintió igual de asombrado... pero la visera de su casco le cubría el rostro y era imposible ver su expresión.

Kirk tendió su mano al Navajo.

- ...y sin duda usted es John Greeneye.

Kirk sintió la protesta de los huesos de su mano cuando John se la estrechó. El navajo entró en la estancia. Y, mientras cerraba la puerta, el anfitrión dijo:

- Ahora estamos todos. ¡Es hora de las presentaciones!


***

En el centro de la estancia, John Greeneye sostenía en alto la enorme mesa, ante el asombro de sus compañeros. Shotgun se sintió tentado de dar un par de vueltas volando por la habitación, gracias al fabuloso jetpack que portaba a la espalda. Afortunadamente reprimió el impulso.

- Es usted tan fuerte como imaginé cuando le vi trabajando en los muelles -aseguró Kirk-. ¡Justo lo que necesitamos! He aquí un hombre robusto, un héroe enmascarado de fabulosas habilidades, y una afamada reportera... ¡el equipo perfecto para llevar a cabo esta expedición! Juntos, amigos, encontraremos las tres antiguedades, y obtendremos dinero y prestigio incalculables. Nos haremos ricos, ¡y haremos historia!

Polly disimuló el escalofrío que la recorrió. "¿Ricos?... Este hombre habla mi mismo idioma...".

John dejó la mesa en su lugar antes de dirigirse a Kirk:

- Pero usted dice que no tiene dinero para financiar esta expedición. ¿Qué quiere de mi? Puedo levantar esa mesa otra vez, ¡pero no tengo dinero!

- Y es por eso que necesitamos a alguien que nos ayude -aseveró Kirk-. Un socio capitalista, un mecenas.

Shotgun tomó la palabra:

- Quizá haya alguien que pueda ayudarnos... Su nombre es Tom Hagen, y está empresa podría ser de su interés. Pruebe a llamarle a este número, Kirk.

Una tarjeta de visita cambió de manos.

- Esa es una gran noticia, Shotgun. Si Mr. Hagen patrocina esta aventura, ¡muy pronto estaremos en camino!

Bajo la oscura visera de su casco, un brillo entusiasta iluminó la mirada del valeroso Shotgun. El cetro de un faraón oculto en las ruinas de la necrópolis de Sakkara en Egipto, unas tablillas cuneiformes en algún lugar del Mar Muerto, una enorme ánfora en la antigua Babilonia... ¡Una fabulosa aventura que era difícil rechazar! Y sin embargo...

Polly y John intercambiaron miradas. Shotgun observó su inquietud, y la compartió. ¿Cuanto de cierto había en las palabras y la propuesta del críptico Kirk F. Bradock? ¿Les había contado toda la verdad?

Sólo había un modo de averiguarlo...